sábado, 28 de julio de 2012

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Habían discutido otra vez, y había sido mucho más fuerte que las anteriores. Luego de el último portazo y de escuchar cómo ella lloraba amargamente mientras abría la llave de la ducha, tomó las llaves que estaban sobre la mesa y salió a toda prisa del departamento. Bajó las escaleras dejando una estela de furia tras de sí. Salió a la fría noche otoñal y hundió las manos en los bolsillos de su largo abrigo verde musgo. Caminó un par de cuadras sin saber hacia dónde se dirigía, sus pies se movían llevados por la ira, su mente daba vueltas y vueltas tratando de recordar cómo había comenzado este caos. Sabía que hace 2 meses que habían empezado a discutir, por pequeñas cosas, y ahora último todo se había convertido en una especie de confusa bola de nieve arrastrada por mucho tiempo que llevaba dentro de sí los más oscuros pensamientos, llenos de rencor y motivados muchas veces por los celos. Realmente la amaba y nunca había amado a nadie como la amaba a ella, con esa pasión, con ese desenfreno, pero sabía que eso no podía estar del todo bien. La pasión era necesaria, sí, pero eso ya había pasado de pasión a locura enfermiza.

Llegó a la avenida principal y el ruido de los autos, la velocidad y la agresividad propia de los transeúntes amainó la suya. Estaba rodeado de lo que hace un minuto ocurría sólo en su interior, y ahora había un cierto equilibrio de las energías.
Se sentó en una escalera de piedra que daba a la entrada de un viejo edificio. El ritmo imparable de la ciudad que lo rodeaba lo tranquilizaba un poco, pero aún pensaba en muchas cosas, tantas que no podía tomar una sola y separarla del resto; estaba todo revuelto y en realidad no le molestaba la falta de claridad.
De pronto apareció ante sus ojos un bus de color azul oscuro, el cual se detuvo justo frente a donde él se hallaba sentado. ¿De dónde había salido? No lo sabía. Un segundo atrás no había nada donde ahora se había estacionado el vehículo. El resto de los vehículos que pasaban por la avenida dejaron de utilizar la pista donde se encontraba el bus y esto fue lo que más le llamó la atención, porque parecía lo más natural y correcto, y nadie más parecía notar aquella inmensa presencia metálica.
La puerta se abrió y descendió por la escalera un joven de cara amigable, usando unos jeans y un polerón del mismo color que el autobus.
- Buenas noches, adelante por favor - Le dijo mientras le hacía señas para que subiera.
- ¿Yo? - Miró a su al rededor, pero no había nadie.
- Sí, por favor, súbase, escuchamos que necesitaba que lo pasaran a buscar y hemos venido lo más rápido posible.
-No, no. Debe haber alguna equivocación yo no necesito ir a ningún lado, no he llamado a ningún bus. Disculpe.
- No se disculpe, está todo bien y esto no es una equivocación. - Dijo el joven con una sonrisa en la cara - veamos, su nombre es... Gaspar, ¿Cierto?
- S-s-sí - Dijo con dificultad y un poco asustado.
- Bien Gaspar, ¿Se siente usted frustrado, enojado, molesto, iracundo?
- Sí, pero...
- No se preocupe, lo único que debe hacer es subirse al bus y dar un paseo, se sentirá mejor.

Cada vez se sentía más incómodo, pero no sabía cómo reaccionar. El joven del autobus poco a poco se había ido acercando a él y ahora se encontraba a su lado y lo tomaba del brazo guiándolo hacia la escalera del bus.

- Muchas gracias, pero yo... yo tengo que volver a mi casa.
-¿Volver a su casa? No, no. Nada de eso, usted no puede volver a su casa así, ¿Qué va a hacer? ¿Va a seguir discutiendo con Violeta?
-¿¡C-cómo sabe usted de Violeta!? - Intentó zafarse de la mano del joven pero le fue imposible
-Tranquilo, relájese - Sintió un poco de presión en el brazo y ya estaba subiéndose al bus, aunque no sabía cómo. Arriba se encontró con aproximadamente una docena de personas que lo vitoreaban y le daban la bienvenida, y que luego volvieron a lo suyo como si nada hubiese ocurrido.

Se sentó casi por inercia en el asiento más cercano y sintió que se ponían en marcha. Apareció nuevamente el joven de polerón azul y le dijo.

- Mi nombre es Alex, soy el asistente de viaje y este bus se encarga de recoger gente que necesita un paseo para despejar sus ideas. ¿Ve a todas esas personas? Ellos también estaban pasando por un mal momento cuando los recogimos y ahora se están sintiendo mucho mejor. No tiene de qué preocuparse.
- Pero yo me quiero ir, no quiero estar aquí. Discúlpeme, pero todo esto es muy extraño
-Entiendo su preocupación. Pero, relájese, mire por la ventana, duerma un rato, distienda su mente un momento y luego piense en lo que tenga que pensar. Va a ver cómo en un rato más se siente bien.

Las luces del bus se atenuaron y el joven lo dejó solo y se encaminó hacia la parte trasera del bus, donde desapareció tras una cortina.
No entendía nada. Estaba asustado, pero por otro lado se sentía bien ahí. Era como si el tiempo se hubiese detenido y los problemas congelado. Realmente aquí podía pensar con más calma. Quizá hasta podría tomar una siesta como le había recomendado Axel. Se puso a pensar y tratar de recordar hace cuánto que no se podía dar el tiempo de pensar en sus asuntos con calma, y por más que lo intentó no logró recordarlo. Pensó en sus padres, en lo viejos que estaban y cómo le costaba cada día más ayudarlos no sólo en lo económico, sino que también en todo lo que implicaba el diario vivir. Recordó a su hermana y se reprochó por no haber hablado con ella hace dos semanas, quizá debía haber llamado un par de veces, preguntar por los niños, por su cuñado. Pero no, no lo había echo. Aunque insistía en disculparse a sí mismo diciéndose que no había tenido tiempo, sabía que eso no era del todo cierto, y que aunque no lo hubiese tenido, debería haberlo encontrado. Después de todo, era su hermana. Cerró los ojos y cayó en un sueño profundo. Soñó con Violeta. No discutían, sólo se amaban. Flotaban en la inmensidad de la vida, sólo flotaban y eran felices. Le hubiera gustado permanecer en ese sueño eternamente, pero lo mismo que lo hacía anhelar que el sueño nunca llegara a su fin, fue lo que lo hizo despertar de golpe. Tenía que volver a ella. Abrió los ojos y se sorprendió al ver que estaba en la escalera de piedra.

¿Había sido un sueño? ¡Todo había sido un sueño! Se rió solo mientras se incorporaba y emprendía el regreso a casa. ¡Qué sueño más extraño! -Pensó- Y sin embargo, si no hubiese sido por eso ¡no habría reparado en todo lo que he estado haciendo mal!. Caminó lo más rápido que pudo por entre calles y callejones, haciendo sonar bajo sus pies los adoquines de la parte vieja de la ciudad. Los faroles brillaban con un resplandor naranja y el aroma a azahar se paseaba por las callejuelas.

De pronto se detuvo en una esquina. No podía ser. ¿Aún estaba soñando? Reanudó la marcha, pero a paso lento, tratando de dilucidar las facciones del rostro que se aproximaba.

- ¡Buenas noches Gaspar! ¡Saludos a Violeta!

Axel pasó por su lado dándole una leve palmada en el hombro, y luego se alejó, y dobló en una esquina cercana. Gaspar se quedó inmóvil, hasta que un reloj cucú sonó en una casa distante. Las doce de la noche. Era hora de regresar.

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