lunes, 2 de julio de 2012

Una breve historia


Las cenizas revoloteaban alrededor de su cuerpo, bailando, como si se regocijaran con aquel momento, mientras él observaba el panorama fumando un cigarro.
Era un espectáculo un tanto hermoso y un tanto horroroso, pero no se podía negar que él tuviera una visión privilegiada y que en cierta forma fuese casi una demostración artística.
Su mente empezó a viajar hacia el pasado, al comienzo, cuando todas  las cosas que ahora ardían frente a sus ojos aún conservaban una temperatura que se hallaba lejos  del punto de ignición y la gente aún podía “disfrutar” de ellas.
Las cosas se habían vuelto contra la gente, no de una manera literal, pero sí habían tomado parte de la vida de los humanos. Poco a poco se habían ido adueñando de la cotidianidad y habían convertido al ser humano en un ser cerrado que ya casi no compartía con sus pares de manera “real”. Llegado un punto crítico, las autoridades decidieron tomar cartas en el asunto y quemaron las cosas. Sí, así de simple. No hay mucho que decir al respecto, más que enumerar parte de los objetos incinerados. Computadores, celulares, televisores, reproductores de música. Quemaron todo eso y más. Quemaron todo lo que alejaba a la gente, todo lo que encerraba a la gente en sí misma, todo lo que hacía que la gente no hablara. Lo quemaron todo pero la gente ya no volvió, porque ya no sabían desenvolverse en un mundo privado de estos objetos. La gente había quedado ciega, sorda y muda. Incapaces de ver el mundo que los rodeaba porque ya no tenían una pantalla que se los mostrara. Incapaces de oler las flores porque no tenían una cámara para sacarle una foto. Incapaces de escuchar una pieza de música en el teatro de la ciudad, porque no tenían puestos sus audífonos. Incapaces de conversar con su vecino cuando se encontraban en la calle porque no tenían sus teléfonos. La gente se murió por dentro, se volvió frágil y volátil, y de la nada salió una ventisca que los apagó a todos como simples aparatos electrónicos. Uno por uno. Sus interruptores les indicaron que ya no había nada que hacer. Y allí estuvo él para verlo. Ya no hubo más gente como ellos, se apagaron para siempre y creció nueva gente. Crecieron como árboles y poblaron la Tierra otra vez, sin saber jamás sobre la gente que existió alguna vez y que se extinguió porque se les atrofió lo más humano que llevaban dentro de sí.

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