Las cenizas
revoloteaban alrededor de su cuerpo, bailando, como si se regocijaran con aquel
momento, mientras él observaba el panorama fumando un cigarro.
Era un
espectáculo un tanto hermoso y un tanto horroroso, pero no se podía negar que
él tuviera una visión privilegiada y que en cierta forma fuese casi una
demostración artística.
Su mente
empezó a viajar hacia el pasado, al comienzo, cuando todas las cosas que ahora ardían frente a sus ojos
aún conservaban una temperatura que se hallaba lejos del punto de ignición y la gente aún podía “disfrutar”
de ellas.
Las cosas se
habían vuelto contra la gente, no de una manera literal, pero sí habían tomado
parte de la vida de los humanos. Poco a poco se habían ido adueñando de la
cotidianidad y habían convertido al ser humano en un ser cerrado que ya casi no
compartía con sus pares de manera “real”. Llegado un punto crítico, las
autoridades decidieron tomar cartas en el asunto y quemaron las cosas. Sí, así
de simple. No hay mucho que decir al respecto, más que enumerar parte de los
objetos incinerados. Computadores, celulares, televisores, reproductores de
música. Quemaron todo eso y más. Quemaron todo lo que alejaba a la gente, todo
lo que encerraba a la gente en sí misma, todo lo que hacía que la gente no
hablara. Lo quemaron todo pero la gente ya no volvió, porque ya no sabían
desenvolverse en un mundo privado de estos objetos. La gente había quedado
ciega, sorda y muda. Incapaces de ver el mundo que los rodeaba porque ya no
tenían una pantalla que se los mostrara. Incapaces de oler las flores porque no
tenían una cámara para sacarle una foto. Incapaces de escuchar una pieza de
música en el teatro de la ciudad, porque no tenían puestos sus audífonos. Incapaces
de conversar con su vecino cuando se encontraban en la calle porque no tenían
sus teléfonos. La gente se murió por dentro, se volvió frágil y volátil, y de
la nada salió una ventisca que los apagó a todos como simples aparatos
electrónicos. Uno por uno. Sus interruptores les indicaron que ya no había nada
que hacer. Y allí estuvo él para verlo. Ya no hubo más gente como ellos, se
apagaron para siempre y creció nueva gente. Crecieron como árboles y poblaron
la Tierra otra vez, sin saber jamás sobre la gente que existió alguna vez y que
se extinguió porque se les atrofió lo más humano que llevaban dentro de sí.
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