jueves, 26 de julio de 2012

un sueño y un presagio


Ahí estaban de nuevo los dos. Ella se había ido a la cama y comenzó a llamarlo medio despierta y medio dormida, algo le impedía despertar del todo y llamarlo a viva voz. Siguió balbuceando su apodo entre sueños hasta que sacó fuerza y comenzó a llamarlo más fuerte, hasta que él pudo oírla.

¾     ¿Puedo acostarme contigo? –Dijo cuando por fin pudo articular bien las palabras. Él guardó silencio por un momento.
¾     Sí, claro –Dijo al fin.

La muchacha trató de levantarse pero no tenía muchas fuerzas, no lo comprendía, ¿Qué era esta fuerza que le impedía hablarle claramente y hasta acercarse a él? Ella quería levantarse e ir a acostarse con él, pero sus piernas parecían no responder del todo. No pudo decírselo, pero fue como si él hubiese estado leyendo su mente y se acercó a ella. Corrió las sábanas y las frazadas y la levantó de la cama, y la cargó entre sus brazos llevándola hasta la suya.
Se sentía segura a su lado, y le gustaba sentir su aroma, su piel, su respiración sobre su cuerpo que ahora sentía tan frágil. Él la atrajo hacía su cuerpo y comenzaron a besarse. Era una sensación indescriptible, y sentía que no se había sentido así hace años.
Pero no se sintió así por mucho tiempo más, pues no estaban solos. Había un gato sobre la cama, y de alguna forma sabía que no era su gato, aunque de apariencia fueran iguales, si no que la presencia de otra persona con los mismos ojos. Tal vez hasta con la misma indiferencia de un felino. Una criatura que tenía plena consciencia de lo que provocaba en ella y tomaba un poco de ventaja de esto. Ella ya no lo quería allí, pero él seguía teniendo un cierto poder que hacía que su cuerpo actuara de otra manera y abrazara al gato. Sabía que no le haría más que daño y que continuaría sufriendo el riesgo de que la arañase mientras estuviese allí, pero aún era muy débil como para dejarlo ir. También se hallaba en la cama, junto al gato, su propia inseguridad, personificada en una tez pálida como la suya, unos ojos castaño intenso, una larga cabellera ondulada color castaño oscuro y unos labios rojos carnosos. La inseguridad era seductora, y la muchacha tuvo miedo de que ésta engatusara al muchacho que yacía durmiendo junto a ella, que lo alejara y que lo perdiera para siempre. La Inseguridad era a la vez la personificación de todo lo que ella jamás quería ser, y sin embargo, parecía querer en secreto tener la confianza en sí misma que al menos aparentaba tener aquella figura. Muchas veces antes la había enfrentado y se había dicho a sí misma que algo de tristeza debía esconderse tras esa fachada exitosa, pero aún así había algo de su seguridad que ella hubiese deseado tener. El poder de la inseguridad la debilitaba aún más, pero no supo qué hacer, así que cerró los ojos y esperó que la luz del alba llegara pronto y la hiciera despertar.

Cuando despertó no había nadie a su lado, más que su gato, que esta vez sí era el verdadero. No estaba el muchacho, ni la inseguridad, pero sabía que todo iba a estar bien. Un poco de luz se filtraba por las cortinas, y hacía mucho frío. Ese día se sintió mucho mejor que el anterior.

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