Ahí estaban
de nuevo los dos. Ella se había ido a la cama y comenzó a llamarlo medio
despierta y medio dormida, algo le impedía despertar del todo y llamarlo a viva
voz. Siguió balbuceando su apodo entre sueños hasta que sacó fuerza y comenzó a
llamarlo más fuerte, hasta que él pudo oírla.
¾
¿Puedo acostarme contigo? –Dijo cuando por fin
pudo articular bien las palabras. Él guardó silencio por un momento.
¾
Sí, claro –Dijo al fin.
La muchacha
trató de levantarse pero no tenía muchas fuerzas, no lo comprendía, ¿Qué era
esta fuerza que le impedía hablarle claramente y hasta acercarse a él? Ella
quería levantarse e ir a acostarse con él, pero sus piernas parecían no
responder del todo. No pudo decírselo, pero fue como si él hubiese estado
leyendo su mente y se acercó a ella. Corrió las sábanas y las frazadas y la
levantó de la cama, y la cargó entre sus brazos llevándola hasta la suya.
Se sentía
segura a su lado, y le gustaba sentir su aroma, su piel, su respiración sobre
su cuerpo que ahora sentía tan frágil. Él la atrajo hacía su cuerpo y
comenzaron a besarse. Era una sensación indescriptible, y sentía que no se
había sentido así hace años.
Pero no se
sintió así por mucho tiempo más, pues no estaban solos. Había un gato sobre la
cama, y de alguna forma sabía que no era su gato, aunque de apariencia fueran
iguales, si no que la presencia de otra persona con los mismos ojos. Tal vez
hasta con la misma indiferencia de un felino. Una criatura que tenía plena
consciencia de lo que provocaba en ella y tomaba un poco de ventaja de esto.
Ella ya no lo quería allí, pero él seguía teniendo un cierto poder que hacía
que su cuerpo actuara de otra manera y abrazara al gato. Sabía que no le haría
más que daño y que continuaría sufriendo el riesgo de que la arañase mientras estuviese
allí, pero aún era muy débil como para dejarlo ir. También se hallaba en la
cama, junto al gato, su propia inseguridad, personificada en una tez pálida
como la suya, unos ojos castaño intenso, una larga cabellera ondulada color
castaño oscuro y unos labios rojos carnosos. La inseguridad era seductora, y la
muchacha tuvo miedo de que ésta engatusara al muchacho que yacía durmiendo
junto a ella, que lo alejara y que lo perdiera para siempre. La Inseguridad era
a la vez la personificación de todo lo que ella jamás quería ser, y sin
embargo, parecía querer en secreto tener la confianza en sí misma que al menos
aparentaba tener aquella figura. Muchas veces antes la había enfrentado y se
había dicho a sí misma que algo de tristeza debía esconderse tras esa fachada
exitosa, pero aún así había algo de su seguridad que ella hubiese deseado
tener. El poder de la inseguridad la debilitaba aún más, pero no supo qué
hacer, así que cerró los ojos y esperó que la luz del alba llegara pronto y la
hiciera despertar.
Cuando
despertó no había nadie a su lado, más que su gato, que esta vez sí era el
verdadero. No estaba el muchacho, ni la inseguridad, pero sabía que todo iba a
estar bien. Un poco de luz se filtraba por las cortinas, y hacía mucho frío. Ese
día se sintió mucho mejor que el anterior.
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