Todo eso ocurre. Me acerco con cautela, pero a la vez entusiasta, a la orilla del vasto mar. El agua se ve tan clara y limpia como el cielo y en el horizonte casi no se distingue dónde comienza uno o termina el otro. Son un todo. Tal vez todo aquí es un todo, incluso yo. El primer encuentro de mis pálidos pies con las diminutas olas que los bañan. El escalofrío. Mi mente se va, se la llevan las aguas hacia el fondo. Se van con ella otras cosas, mis hombros descansan al fin. Mis manos ya no pesan. Las rodillas parecen estar dormidas, porque no las siento pero me sostienen firmemente sobre aquella nívea arena. Luego de unos minutos, ocurre algo que no vi venir. Cientos de tortugas bebé comienzan a salir de la arena, justo a mis espaldas. Y se dirigen con prisa hacia el agua, como en una carrera que nadie quiere perder. Es un hermoso escenario. Sus brillantes caparazones a toda la velocidad que sus organismos le permiten lanzándose al lugar que seguramente llaman hogar. Las veo sumergirse con gran emoción. Me preocupo por las que tardan más de lo normal, a veces quiero ayudarlas, pero no puedo. No me está permitido interferir. Tampoco ellas podrían interferir en lo que a mí me concierne, aunque así lo quisieran.
Mi mente regresa a mí antes que todas hayan llegado a su destino. Pero no hay nada que pueda hacer ya. El resto de lo que había partido junto con mi mente no regresan, pero aún así es hora que me vaya. Mis pies comienzan a fundirse con el mar y la arena, lentamente, hasta que no queda nada. Yo también he vuelto a mi hogar.
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