La lluvia caía copiosamente sobre el cemento y la tierra. El barro ya había comenzado a formarse y pequeños riachuelos bajaban por las calles buscando su sitio en algún alcantarillado lejano. Con la cara escondida en la capucha se miraba las manos mientras esperaba que pasara el bus que la llevaría a su casa. Sus ojos negros como el carbón estaban mirando, pero no estaban viendo. En su mente se proyectaba un recuerdo ahora un tanto lejano, pero siempre no lo suficiente como para ser olvidado.
Hace ya varias semanas que no sabía nada de él. Y la verdad es que no le parecía nada extraño, y hasta le parecía normal, pues nunca había sido de otro modo. Pero por un segundo, sólo por un segundo o tal vez menos, había imaginado cómo serían las cosas si... No. El segundo ya había pasado; aquel pensamiento se había ido junto con el agua que bajaba a toda velocidad por el cerro.
Ya se había hecho de noche y todos sus amigos se habían ido. De todas formas le agradaba estar ahí sola, acompañada sólo por un par de personas más que también esperaban el bus, por la lluvia y por la música que golpeteaba sus oídos tal como la lluvia le golpeteaba en la capucha. Nuevamente el pensamiento volvió a su cabeza. Aléjate. No puede ser. Olvídate. No podía permitírselo.
Vio que el bus se acercaba en la lejanía. Sintió una especie de alivio. No sabía por qué, pero sentía que ese lugar le hacía pensar en cosas que era mejor olvidar. Un aroma le llegó con una ráfaga de viento. No podía ser. Maldito perfume. El bus se acercaba. Al fin. Sacó las monedas del bolsillo y jugó con ellas. Vamos, rápido, apúrate. Algo en el aire cambio, se hizo más espeso, más cálido pero a la vez sentía más frío. Nada tenía sentido. El bus estaba casi frente a ella. El bus se detuvo y abrió sus puertas. Estaba a punto de apoyar el pie en el peldaño cuando la mano la tomó. Cerró los ojos y dejó que la mano la guiara, hacia atrás, la hizo girarse lentamente, y colocó su mano al rededor de su cuello. Estoy soñando. Sintió su respiración en la frente. No quiero despertar. Susurró despacio. No te vuelvas a ir. Una voz fuerte y que traspasaba seguridad dijo desde la oscuridad: Vengo a quedarme. Un beso en la frente y abrió los ojos. Realmente estaba allí otra vez.
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