domingo, 4 de noviembre de 2012

heima

El siguiente relato es de carácter ficticio y cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad...

Él estaba esperándola fuera de su sala de clases. Ya habían pasado 10 minutos desde la hora de término, pero al profesor aún no daba fin a su lección. Sus miradas se encontraron a través de la pequeña "ventana" que había junto a la puerta, y la impaciencia se hizo notar. Por fin 5 minutos después, el muchacho pudo apreciar con impaciente alegría que los alumnos comenzaban a dejar sus asientos.

- Hola bonita - Le dijo mientras la tomaba por la cintura y la acercaba hacia su cuerpo. Ella se sonrojó levemente y le devolvió el saludo con un cálido beso en los labios.

Camino a la salida ella hizo un par de comentarios sobre la clase y le preguntó al joven cómo había estado su día. Él tomó su mano de manera espontánea, y salieron de la universidad riéndose y conversando.

Luego de despedirse de los amigos de la chica, la pareja de jóvenes emprendieron el descenso hacia el centro de la ciudad, pasando en el camino por un almacén donde compraron un poco de pan y fruta.

Era un día primaveral, eran al rededor de las 7 de la tarde y la luz que bañaba las calles era exquisita, la temperatura perfecta, el sonido del mar acompañaba sus pasos y una brisa agradable hacía bailar las las largas cabelleras de las muchachas.

Había algo en ese día que lo hacía tan perfecto, y ellos sabían que no podía haber sido de la misma manera de no haber contado con la compañía del otro.

Una vez en el centro y como si se hubiesen puesto de acuerdo, ambos guardaron silencio y disfrutaron los últimos pasos de su recorrido así, caminando a paso lento, tomados de la mano.

Llegaron a casa y pusieron el té a hervir, el pan a tostar y picaron un poco de fruta. Se sentaron a comer rodeados del perfume del pan tostado mezclado con el aroma del té de hoja. Prendieron la radio y dejaron que la música inundara el pequeño pero acogedor espacio.
Al terminar de comer ambos retiraron la loza, ella lavó mientras él secaba y guardaba todo lo que habían ocupado.

A los pocos minutos estaban tendidos en la alfombra de la habitación, él boca arriba con los brazos bajo la cabeza y ella acurrucada en su pecho. Él posó uno de sus brazos sobre el cuerpo de la joven, rodeándola y acariciando su brazo.

Nunca antes se había sentido tan protegida, tan real, tan perceptiva ni tan feliz. Él era su hogar.
Nunca se había sentido tan protegido, tan feliz, tan pleno ni tan valorado. Ella era su hogar.




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