viernes, 23 de marzo de 2012

Encrucijada

Estaba a punto de decirle que así se relacionaba el común de la gente, que era normal, e incluso, que a mí me encantaría que nos relacionáramos de esa forma, pero algo en mí me dijo que era mejor callar.

Estábamos sentados en la misma mesa de las últimas 4 veces, tomando lo mismo de siempre. No había mucha gente en el local, sonaba una música agradable de fondo y por la ventana se veía a la gente que subía el cerro, casi todos mordisqueando una fruta o un pedazo de queso que habían comprado en la feria que se ubicaba unas calles más abajo.

Llevaba ya bastantes minutos hablando de lo mismo, casi como un monólogo, quejándose; mientras  yo me preguntaba por qué no podía ser feliz por su amigo. La respuesta era obvia, pero tampoco sabía si era correcto decirle algo, o si sólo debía escucharlo y asentir de manera convincente para que se sintiera comprendido.

Era una posición incómoda, ciertamente. Por un lado, dados los sentimientos que tenía por él, me sentía un poco mal queriendo llevarle la contraria. Creo que cuando recién comienzas a establecer ese tipo de sentimientos, más allá de la amistad, por alguien, lo único que se busca es asentir en todo lo que diga, encontrarle la razón, estar de acuerdo, en fin… Mucha gente se equivoca al hacer esto. Es un poco traicionarse a uno mismo, y además se genera una imagen en el otro de algo que realmente no se es. Pero, como decía, yo estaba en ese minuto en la duda. Pensaba que estaba equivocado pero no se lo podía decir, no concordaba en lo absoluto con lo que me decía, y por otro lado, sentía total comprensión por la actitud de su amigo, es más, hasta lo envidiaba.

- ¿Tú qué piensas? – La pregunta vino tan rápido que no alcancé a darme cuenta de que estaba respondiendo
- Yo creo que no deberías preguntármelo a mí.
- ¿Por qué? – Vi en sus ojos que intuía la respuesta
- Porque ya te he dicho lo que pienso, sólo que no aplicado a ellos – No me alteré en lo absoluto ni hice ninguna expresión mientras decía estas palabras. Él comprendió de inmediato a qué me refería. – Yo no te voy a decir lo que quieres escuchar.
- Cierto
- No quieres hablar de eso, ¿cierto?
- Mm… No hay nada nuevo que agregar
- Cierto

Continuamos tomando nuestros cafés y comiendo galletitas en silencio, por al menos unos 20 minutos. Era obvio que la conversación no iba a seguir. Después de eso, él comenzó a hablar de la gente que pasaba, a hacer comentarios aleatorios acerca de sus ropas, de las expresiones que levaban, a hacer suposiciones sobre sus vidas y su forma de ser. Yo sólo lo escuchaba, y lo miraba de reojo de vez en cuando. Pasada una hora, más o menos, pagamos la cuenta, tomamos nuestras cosas  y salimos del local, camino hacia el auto. Me llevó a casa y en el camino nadie quiso hablar del tema, hasta que llegamos a mi casa e hice la pregunta:
- La conversación del café… ¿La vamos a continuar algún día?
- Cuando haya algo que agregar – dijo pasando su brazo por detrás de mi espalda y acercándome hacia él. Estaba bien. Tenía que ser consecuente con mis decisiones. Ya había cambiado de parecer muchas veces; no podía volver a sacar un tema incómodo y sin sentido. Las diferencias de opinión eran claras, y yo había decidido ceder lo más posible. Me acurruqué en su pecho y nos quedamos un rato en silencio mientras escuchábamos música. Aunque tuviera que forzarme a ello, iba a disfrutar el momento, sin importar lo que viniera después. Carpe diem dicen por ahí.

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